martes, 23 de julio de 2013

Densa tinta.

Y él le dedicó con intención aquella última mirada.

Observó lo que todos veían.
Aun estando en el montón perdida,
ella no le pasó desapercibida.

Algo lo dejó prendado,
algo lo tenía estupefacto.

Observó como el cuerpo de ella reaccionaba
ante su inquisitiva mirada de manera exquisita.
Como su respiración se aceleraba y sus pupilas
se dilataban.  Ya no había línea entre su iris y pupila.
Ahora, todo mar negro de tinta era.

Cayó, bebió de su interior.

Sintió lo denso que era ese océano, observó cuán
completo era su corazón y cuán diferente era su
mundo a este.

Aquí, todo era desorden racional y caos emocional.

Impulsos, inseguridad, superación.

Oyó campanadas de risa, se subió en la
montaña rusa de la alegría. Pero, no se dejó
engañar por esa droga y vio las lágrimas de ella, y como expulsaba
sus tristezas en un papel.

Vio anhelo por amor, por comprensión.
Habían demasiadas dudas, y respuestas nulas.

Un torbellino se alzaba  en el interior de él,
torbellino que rompió sus reservas, rompió sus esquemas.
Planteó dilemas, pero no les prestó atención para
aprender esta vez sin precipitarse, sin adelantarse
a posibles problemas.

Se dejó llevar, tocó cielo, tocó euforia y tocó fondo.

Viajó entre recuerdos, viajó entre lecciones
aprendidas esquivando despistes.

Atravesó las cortinas de la inocencia
para llegar a la impaciencia y fumar de su libido y pasión.

Prosiguió su camino y encontró la trampa de la esperanza.

Vio el filme de los sueños de ella, de las metas, de los resultados
esperados y  quedó acongojado.

Tocó las cicatrices y moratones, y tocó piel suave y tierna.
Tocó, tocó y se mancho de tinta negra.
Y en un lienzo negro, comenzó a dibujar
su historia.

Era su mayor reto, pues debía incumplir
las normas de la lógica y dibujar, borrando.

En este lienzo comenzó una historia distinta.

Pero poco a poco causó su perdición,
la rotura de sus esquemas lo abrumaba.

Sufrió impotencia, limitado por sus propias resistencias,
vencido por sus vivencias y encarcelado por supervivencia.

Asi, construyó de nuevo una nueva fortaleza,
un lugar en el que poder despejar la cabeza.

Mientras se recuperaba y reescribía sus esquemas, otra vez
rompieron sus fortalezas.
Llovió, llovió muy fuerte.

Llovieron palabras de amor.

Conforme caían él las leyó,
vio como recorrían cada milímetro de su piel desnuda.

Por instinto, bajo agua se negaba a respirar, creyendo
que de hacerlo se podría ahogar. Pero no, se dio cuenta de que no.

Murió para vivir en la inmortalidad del amor.

Y de pronto todo se fue.

Recobró conciencia.

Sintió el leve ruido de dos labios separándose.
Sintió alientos entremezclados.
El sonido de dos corazones desbocados.

Abrió sus párpados cerrados.

Y volvió a observar aquellos ojos que le hablaban sin voz,
y sin voz el le dijo un te amo.

Se despidió de la despedida.

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